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martes, 15 de marzo de 2011

Sunset Park, de Paul Auster

Manhattan Bridge Tower in Brooklyn, New York City, Framed through Nearby Buildings...06/1974

Está Auster adquiriendo la buena costumbre de presentarnos una nueva obra cada año, añadiendo así otra semejanza con el trabajo de su compatriota Woody Allen (que lleva casi treinta años haciendo lo propio en su campo), con el que, al margen de premios y reconocimientos en Europa, le van uniendo, puntualmente, ciertas convergencias formales: al tiempo que las comedias de Allen pueden volverse ácidas (véase la última) o presentar el azar como motor de la existencia (Sombras y niebla), las novelas de Auster pueden ser amables, o al menos esperanzadoras.

El armazón de la que nos ocupa es simple: Miles, el protagonista, se marcha de casa empujado por la culpa y el deseo de evitar dolor a sus padres, y al cabo de los años vuelve a Brooklyn, como inquilino de una casa okupada en la zona de Sunset Park, para reencontrarse con su pasado; pero el desarrollo tiene la riqueza de situaciones y personajes habitual en Auster, y se construye alrededor de dos de sus temas recurrentes: el azar y las relaciones paterno-filiales.

El azar con sus diferentes máscaras:

El accidente: el de la muerte de los padres de la novia o el que acaba con la vida del hermanastro de Miles y determina su futuro en un instante.

La suerte: la del jugador de beisbol que escapa tres veces a la muerte o la del que abandona su carrera después de continuos reveses.

Las coincidencias: Miles y su novia se conocen mientras leen el mismo libro en un parque. Después de muchos años y por distintas razones, los padres, separados hace tiempo, y el hijo se encuentran simultáneamente en Nueva York.

La casualidad: esa forma sorprendente y amable del azar que Auster vuelve inquietante al presentársela al lector mientras que, a la vez, le hace ver que los personajes no son conscientes de ella. Así, aparece en diversos momentos y en distintos contextos, cierto clásico de Hollywood, o se produce el casual y reconfortante reencuentro de Ellen (otra de las compañeras de vivienda) y su antiguo novio.

Y por otra parte, son las relaciones padre-hijo las que proporcionan los momentos más emotivos, como el difícil reencuentro del personaje con su padre, porque el reencuentro después de un proceso doloroso es, viene a decirnos Auster usando la recurrente película como metáfora, como el regreso del soldado a casa al terminar la guerra: no resulta fácil presentarse ante alguien que casi se ha convertido en un extraño al cabo del tiempo, y surgen serias dudas sobre la reinserción en la sociedad y en la vida que se dejó atrás. Pero es que, en palabras del protagonista, las heridas son parte fundamental de la vida y a menos que uno esté herido de alguna forma, jamás se hará hombre.

En fin, en palabras de Auster: Los imponderables del destino, las rarezas de la vida, en un mundo de casualidades y eterno caos. Y sin embargo, entre tanta incertidumbre y tanta contingencia, la vida es posible y necesaria.


Rafael Martín
rafamarting@gmail.com

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