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miércoles, 22 de junio de 2011

Sobre mí misma, decido yo

Máquina utilizada para facilitar la eutanasia a enfermos terminales mediante el método de inyección letal.

A una cierta edad las personas empiezan a decidir por sí solas sobre sus vidas, a llevar las riendas ellas mismas. La mayoría de edad, en España, se alcanza a los 18 años. Es sólo un número en el que se estima cuándo alguien ya es maduro tanto mental como físicamente, aunque en contadas ocasiones no se llega a madurar nunca.

A esta edad podemos votar al partido político que más nos interese, podemos entrar en bares, podemos conducir coches, podemos casarnos, podemos ingresar en la cárcel, comprar tabaco y alcohol; pero hay una cosa que no podemos hacer: decidir cuándo acaba nuestra propia vida. No hablo de un suicidio, no. Lo que planteo es por qué un enfermo terminal no puede decidir cuándo acabar con su sufrimiento. Y es que la eutanasia hoy en día no está permitida en nuestro país.

Con dieciocho años puedo elegir acabar con mi vida lentamente con cada cigarro que me enciendo; sin embargo, no tengo la opción de terminar con mi vida de una vez antes de que una enfermedad me corroa lentamente no sólo a mí, sino a todas las personas de mi alrededor. Puedo pedir que no prolonguen mi vida artificialmente o negarme a recibir ayuda médica y eso que según el artículo 3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de sus persona”, pero no tengo la opción de decidir sobre ella. La opción de cuándo dejar de ser una carga, un estorbo. La opción de dejar de sufrir. Con esto sólo dan a entender que la vida es una obligación y no es así.

En definitiva, a los 18 años pueden meternos en la cárcel por algo que hayamos hecho, pero no podemos elegir cuándo deseo morir. Vivimos en una sociedad que no nos permite ser libres.


Sara Cano, curso 1BS2.

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